Hace poco menos de doscientos años, cada ciudad y pueblo se regia por su hora local, aquella que quedaba establecida por el Sol según su longitud. Entonces, las pequeñas diferencias en la hora solar entre lugares alejados unas decenas o centenares de kilómetros no suponían ningún problema para las relaciones entre ellos, fundamentalmente por dos motivos: los tiempos de viaje eran suficientemente largos como para que unos pocos minutos de diferencia no fuesen relevantes, y no había comunicaciones instantáneas entre ellos.
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Saben ustedes que en 1833, por orden de la regente Doña María Cristina, se realizó la división territorial en provincias del territorio español, que con pocos cambios, perdura hasta la actualidad. Su autor, Javier de Burgos, ha pasado por ello a la historia española, ya que al dividir hace casi dos siglos el Estado en 49 provincias (fue en 1927 cuando apareció la 50ª provincia, por división de la “provincia de Canarias” en las actuales de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria) confeccionó el mapa aparentemente definitivo de España.
La división provincial no fue arbitraria ni mucho menos. Siguió una serie de criterios bastante lógicos para su tiempo: que desde el punto más alejado de la provincia se llegase a la capital en un día, que tuviesen una población de entre 100.000 y 400.000 habitantes y que fuesen geográficamente coherentes -casi extinguiendo los entonces muy comunes exclaves y enclaves. Pero nada es perfecto, y menos en Geografía; dividir administrativamente un territorio es un proyecto con gran carga de subjetividad. Valorar la división casi dos siglos después -y con un proceso de industrialización de por medio-, puede llevar a un sinfín de conclusiones heterogéneas; pero los lectores algo asiduos -si es que hay alguno- de este espacio, ya saben de mi predilección por las curiosidades geográficas, y del mapa de Javier de Burgos salen unas cuantas. Hoy nos vamos a fijar en una muy particular.
Alguna vez he hablado a algún amigo de un espacio al suroeste de España que he bautizado como “un gran polo de inaccesibilidad urbana”. Sin profundizar mucho, a la vista, por ejempo de un mapa general de España del IGN (Instituto Geográfico Nacional), en escala 1:2.250.000 (digo esto para que entienda el lector lo burdo del análisis), se observa un “mordisco” en la red de ciudades: un espacio sin casi nada destacable más allá de alguna “isla” de civilización, con no mucho más de 15.000 habitantes. Sobre el mapa podemos ver el espacio cuyo perímetro vendría marcado por Sevilla, Córdoba, Linares, Puertollano, Ciudad Real, Toledo, Talavera de la Reina, Don Benito, Almendralejo y de nuevo Sevilla. Puede que sea el único espacio de la geografia española donde uno pueda circular en línea recta un par de centenares de kilómetros sin cruzarse forzosamente una autovía o autopista. Las causas del despoblamiento parecen ser objeto de tres factores: el orográfico, el climático y el histórico.
Bien, pues en este ‘bocado’ de ruralidad peninsular, casi su centro, su particuar polo de inaccesibilidad lo podríamos ubicar en un pequeño pueblo de la provincia de Badajoz, hoy en la comunidad autónoma de Extremadura, aunque ya en el límite administrativo que este territorio comparte con Castilla-La Mancha, formando parte de la imposiblemente mejor llamada comarca extremeña de “La Siberia”. El pueblo en cuestión -del que suponemos estarán orgullosos sus poco más de 700 habitantes, que se ven sometidos a los juzgados del Partido Judicial de Herrera del Duque, una megaurbe patria al estilo de la España profunda, es decir, una cabeza de partido judicial de 3700 habitantes- se llama Helechosa de los Montes. Este humilde articulista desconoce si hay helechos en aquel territorio; montes, en cambio, puedo afirmar que no faltan, en los interminables 377 kilómetros cuadrados de superficie en su Término Municipal.
Este mapa (fragmento del Mapa General de España del Instituto Geográfico Nacional -IGN-, distribuido a través del Centro Nacional de Información Geográfica -CNIG-, a escala 1:2.250.000, como es habitual representar en su totalidad el estado español), muestra la localización aproximada de Helechosa de los Montes (punto rojo) y los límites de ese espacio sin presencia urbana notable al que hacía referencia. Deben disculpar los lectores la baja calidad no ya de la imágen, sino del trabajo sobre el mapa, pues esos trazos “estilo Paint” es todo lo que he podido hacer trabajando desde un iPad.
A estas alturas se preguntarán donde está la curiosidad. Los helechoseños -gentilicio curioso donde los haya-, ni ostentan el orgullo de ser el municipio patrio más poblado -a la vista está-, ni tampoco el menos poblado (le ganan por más de 700 vecinos a Illán de Vacas, en la provincia de Toledo, que con solo 5 habitantes sigue siendo vergonzosamente un municipio a todos los efectos). Tampoco es el más grande el superficie -Lorca o Badajoz le llevan un trecho-, ni desde luego el más pequeño -título que se lleva para sí el municipio valenciano de Emperador, en L’Horta Nord-. Los vecinos de Helechosa de los Montes son, posiblemente, los españoles más lejanos a su administración provincial. La curiosidad radica en que más de doscientos kilómetros les separan de la capital, la ciudad de Badajoz; pero no solo eso: podemos decir que son de los únicos españoles a los que les renta más ir a la sede de un Ministerio que a la Subdelegación del Gobierno en su provincia. Mientras que Badajoz dista del pequeño municipio la espectacular cifra de 226 km por la carretera más corta -que debe ser algo así como un camino de cabras, pues Google Maps estima la nada despreciable cifra de 3 horas y 15 minutos para recorrer tal distancia-, la distancia hasta la Puerta del Sol, en la capital del estado, es de 215 km, que según la misma fuente se recorren en 3 horas y 9 minutos.
Pero no solo la capital de España está más cerca del municipio que la capital de su provincia, siendo Badajoz una provincia que no limita con Madrid, y por mucho además; sino que hasta 5 capitales de provincia, además de la propia Madrid y de la capital autonómica extremeña, Mérida, están más cerca del municipio que Badajoz (siempre en distancias por carretera, aunque en línea recta ocurre lo mismo). Se trata de Cáceres, Ciudad Real, Toledo -que es también, como saben, capital autonómica de Castilla-La Mancha-, Córdoba, y hasta Ávila, en Castilla y León, una autonomía que no limita con la provincia de Badajoz. Y aunque no de sus capitales, pero sí del territorio provincial, un helechoseño vive más cerca de Cuenca, de Albacete, de Jaén, de Salamanca o de Sevilla que de la sede de su Diputación Provincial. No se si hay algún caso más en España. No es imposible, pero desde luego sí muy dificil.

Para despedir el artículo, esta imágen de nuestro ya conocido pueblo de Helechosa de los Montes, en la provincia de Badajoz, que he tomado prestada de la web de su Ayuntamiento, en cuya fachada ondea como no puede ser de otra forma, la bandera extremeña.
