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Al mismo tiempo que conocemos que un Ingeniero de Caminos y un Constructor españoles han sido liberados de su cautiverio en Mauritania -un país que dista solo unos 300 km de Canarias- por extremistas islámicos, la ciudad de Nueva York sale a la calle para manifestarse, a favor unos pocos, y en contra algunos más, de la construcción de una mezquita en la desgraciadamente famosa Zona Cero, el solar que ocupaba el World Trade Center antes de los atentados del 11 de Septiembre de 2001.

Todos los que teniamos conciencia aquel martes del verano de hace ya nueve años recordamos a la perfección aquel shock casi tragicómico, como si fuera una película que nadie queria entender. A la distancia, todos nos quedamos tan paralizados como los neoyorquinos esa mañana (sobre las tres de la tarde en la España peninsular). Recuerdo a Matías Prats, en el informativo de Antena 3, y su famosa frase de ‘Oh, Dios mio, un avión ha impactado contra la otra torre’; una frase que nos aclaraba a todos la situación: no era un accidente, no era un error, no era un sabotaje, sino el mayor ataque terrorista de la historia, y un momento clave que cambiaria el mundo.

Un hombre porta una pancarta en una manifestación en Nueva York con el lema “Los musulmanes son insensibles con las víctimas con una mezquita a 160 metros de la Zona Cero. No necesitamos un monumento en la Zona Cero a los que atacaron nuestro país”. Nótese la generalización hacia los musulmanes y la asociación entre musulmanes (mezquita) y terroristas (“quienes atacaron a nuestro país”).

Al 12 de octubre de 1492, el 29 de octubre de 1929 o al 9 de noviembre de 1989 se les añadía otra fecha de cambio global: aquel 11-S cambiaria el mundo y las relaciones internacionales de una forma tal que no se habría visto desde la II Guerra Mundial, o incluso antes, nacía un nuevo mundo bipolar, entre los ‘aliados del mal’, los países islámicos que apoyan o sostienen el terrorismo internacional -la nueva forma de hacer la guerra, a lo Gengis Khan- y el mundo occidental del hard power americano y el soft power europeo.

Ese día cambió el mundo, pero los cambios no se han revertido. Todos somos hoy más vulnerables y más conscientes de lo vital de la seguridad, incluso hasta el punto de que algunos defienden que la seguridad está por encima hasta de los Derechos Humanos. Vivimos, desde mi opinión, una guerra de mundos enfrentados, desiguales e irreconciliables; una guerra de mundos porque el enemigo ya no es el ejército rival, sino cualquier persona diferente. El enemigo a combatir en Kabul, Islamabad, Teherán o Gaza es un occidental cualquiera, “el infiel”; mientras que en Londres, Nueva York, Buenos Aires o Tokyo el miedo se apodera hasta del más valiente frente a los árabes, por pacificos que puedan ser.


Imágenes de un atentado terrorista islamista en Afganistán

La guerra lejos de ir a menos, se recrudece, a pequeñas batallas, pues se introduce en la conciencia de los jóvenes del Islam, que nacen ya con la aspiración de luchar contra Occidente, y de los occidentales, que vemos en todo lo árabe un peligro que acecha. La guerra tiene batallas culturales: los occidentales nos debatimos entre construir mezquitas en lugares tan emblemáticos como la Zona Cero de Nueva York, o prohibirlas, como ya han hecho -solo con los minaretes- nuestros vecinos helvéticos; pero también batallas más reales.

Si la frontera entre los dos mundos de la guerra fria era el Berlín del muro, Israel y Palestina, Afganistán, Irak, o hasta Ceuta y Melilla son hoy la frontera. Particularmente en Ceuta y Melilla, esas ‘Toledo’ multiculturales de nuestra época se notan cada vez más las tensiones, que ya no son geopolíticas, sino religiosas y de valores, porque la guerra no se libra por unos metros cuadrados más de terreno en un lugar geoestratégico, sino por llevar la cultura de cada uno a la preponderacia. Las policías españolas, a la vez símbolo de la autoridad hispana sobre el territorio africano y de la igualdad de hombres y mujeres en la civilización occidental, son el foco de los ataques de los radicales islámicos, pero no lo son por su condición de autoridad española, sino por la de mujer. Su lucha es una lucha cultural y religiosa, se han preocupado de demostrarnoslo.


Verja de separación entre España (Melilla) y Marruecos

Los europeos, y todos los occidentales, tenemos ahora el reto de sostener, desde la razón, un planeta que se tambalea, frente a una guerra que no puede tener vencedores -y ni tan siquiera vencidos-, porque contra la fe y las creencias de unos, por muy ilegitimamente que se defiendan, no se puede luchar con las armas convencionales: lo hemos visto en Irak, o en Afganistán; somos capaces, y debemos, llevar la democracia donde sea, más todavía si los regímenes antidemocráticos hacen peligrar nuestra intregridad como comunidad cultural y nacional, pero no podemos confundir esos esfuerzos con los que tenemos que idear para acabar con el terrorismo internacional, y con la lucha de civilizaciones, porque aún en la misma guerra, son batallas diferentes.

A la vista de las alegaciones presentadas por el PSPV-PSOE, que defendía el otro día publicamente su líder en la capital, Carmen Alborch, al Plan de Acción Territorial de la Huerta de Valencia (PATH) poco más puedo decir que este esclarecedor título. Los socialistas no están contentos con el PATH, y no lo están porque el plan no limita lo suficiente los derechos de los agricultores y los propietarios agricolas, que el PSOE quiere alienarles. Así, el partido socialista, que solo quiere entender la huerta como un jardín, pide a la Conselleria que no se permita ubicar dotaciones privadas -que pueden ser imprescindibles para el desarrollo y los usos agrícolas- en la huerta protegida.

Y es que para el PSOE la protección de la huerta y el PATH no es un asunto serio, sino un juego político barato, con el que contentar a sus votantes de la ciudad de Valencia, pero en el que ignoran a los vecinos de los pueblos de L’Horta Nord, a los agricultores y a los propietarios de la tierra. Para Carmen Alborch, la huerta es un jardín, un paisaje muerto que conservar en formol, pero que, según su visión no solo nunca será rentable, sino que acabará abandonado, porque por mucho empeño que el PSOE ponga la huerta vive gracias a quienes la trabajan todos los días, y no a quienes van a visitar y a pasear por ella.

El PSOE en sus alegaciones ataca a los propietarios, alienandoles el derecho al ejercicio de su derecho a la propiedad privada, derecho fundamental y sin el cual los demás derechos se tambalean y empiezan a carecer de todo sentido, sino que también atacan el progreso de los pueblos de L’Horta Nord, negandonos las infraestructuras que necesitamos, exigiendo la paralización de las importantes obras de la Vía Parque Norte, obra de calado que debe evitar multitud de accidentes en las carreteras del Arco de Moncada, la conexión de la CV-30 con la V-21, la continuidad de la Ronda Norte de Valencia por el entorno del Camino de Vera, detrás del Campus de la UPV, el enlace entre la Ronda Norte de Valencia en Alboraya y Tavernes Blanques, o el Acceso Norte al Puerto, que va a permitir la conexión directa y por autovía entre Patacona y Port Saplaya, una reivindicación histórica de los vecinos de Alboraya, que para el PSPV “inutil” y “lesiva”.

Yo les digo a los socialistas que inutil y lesiva es su actitud de menosprecio a los vecinos de los municipios de  L’Horta Nord, y su negativa constante a permitir el progreso de los valencianos. El PSPV, como lobby de los intereses del gobierno pro-catalanista de Zapatero en la Comunitat Valenciana se olvida de los agricultores, y les niega el agua, y más grave todavía, ahora les niega el derecho a ejercer la propiedad de sus tierras, y nos niega a todos los valencianos el progreso que nos merecemos, con las infraestructuras que los valencianos nos hemos ganado por derecho y nos son necesarias para nuestro desarrollo: nos vetan el Corredor Mediterráneo de Alta Velocidad para mejorar las conexiones con Europa del puerto de Barcelona y frenar el progreso de los puertos de la Comunitat Valenciana, nos retrasan las autovías que tienen que enlazar sin peajes las grandes ciudades de la Comunitat, nos paralizan las obras del ferrocarril de cercanías que acercará comarcas y cohesionará la Comunitat, y en definitiva, nos niega hasta las migajas de los manjares que sirve en bandeja de plata a Catalunya o a Andalucía.

Para el PSOE los valencianos somos ciudadanos de segunda, y el PSPV una mera herramienta de engaño, inutil y antivalenciana. Pero tengamoslo muy claro, ahora nos toca a los valencianos, comprometidos con la Comunitat Valenciana y con nuestros pueblos y ciudades decir lo que nos importa, lo que nos interesa, y lo que necesitamos, y decirlo alto y claro. Tenemos que decirle al PSPV-PSOE que se equivoca, que necesitamos las infraestructuras que nos niegan, y que los agricultores y los propietarios de la huerta que ellos utilizan como herramienta electoral, y que entiende como un jardín inerte y no como un entorno vivo de desarrollo económico, tienen derecho a poder vivir de sus propiedades, y a poder legarselas a sus hijos para que les sean rentables y productivas.

La semana pasada tuve la ocasión de compartir, junto con algunos de mis compañeros del Comité Ejecutivo del Partido Popular de Alboraya, el almuerzo que desde el PP se organizó junto con cerca de un centenar de agricultores locales para tratar el Plan de Acción Territorial de la Huerta de Valencia, que está en periodo de alegaciones, y que ha sido propuesto por la Conselleria de Medio Ambiente, Agua, Urbanismo y Vivienda. Y la verdad es que salí de allí muy animado: creo que el pueblo de Alboraya tiene una oportunidad única, ahora, para definir su futuro y decir, alto y claro, y sin miedo alguno, como quiere que se proteja nuestra huerta.

Si bien es cierto que el PATH no es el mejor para Alboraya,  y así lo ha expresado con contundencia nuestro partido, sin miedos, a la Generalitat Valenciana, eso no quiere decir que no pueda serlo. Confio en la responsabilidad de los dirigentes de nuestras instituciones autonómicas, pero ante todo, estoy convencido de su voluntad por escuchar, y por cambiar, y por eso mismo se ha abierto este periodo de participación pública, en el que todos los alborayenses tenemos la posibilidad de decirle a la Generalitat, con toda la claridad, que queremos protección, pero no así.

Los alborayenses esperamos un plan más desarrollado, más claro, y más conciso ya no solo en lo urbanístico, sino también en lo económico y lo social. Confiamos en las ambiciones que desde la Generalitat Valenciana han puesto en este plan el president Camps y el vicepresident Cotino, y por eso decimos que no nos basta con la voluntad que existe de construir un modelo de huerta sostenible económicamente y atractivo para los jóvenes agricultores, y por eso, pedimos que todas esas ideas, que la Conselleria plasma en el PATH se desarrollen,  se plasmen en el papel, precisamente porque creemos en el fondo, y lo queremos ver materializado en la forma.

La huerta, y eso es algo que los alborayenses sabemos muy bien, no es mero paisaje. La huerta es una forma y medio de vida que va mucho más allá de ser un jardín, y que es una industria verde, y como tal, debe ser rentable para el agricultor que la trabaja, además de que pueda ser atractiva para el turista, o el vecino, que la disfruta. Precisamente, desde el Partido Popular de Alboraya donde hemos puesto el acento es en ese agricultor que se trabaja la huerta, y por eso decimos que ante todo es imprescindible proteger el patrimonio de los agricultores: por ello reivindicamos un sistema de compensación para garantizar a los propietarios su patrimonio.

Nuestra intención es complementar el PATH, porque los alborayenses sabemos lo que es la huerta, y sabemos que el plan se equivoca en su excesiva teoricidad, y que plantea una huerta muerta, un jardín, frente al modelo que todos, desde los agricultores a la Generalitat queremos construir, de una huerta viva y con futuro, que sea llamativa para los jóvenes agricultores.

Ahora es el momento de hacernos escuchar, y por tanto, de hacer llegar a la Consellería de Medio Ambiente, Agua, Urbanismo y Vivienda nuestras alegaciones, como mecanismo de participación, como elemento para decirle a la Conselleria que queremos protección, que queremos PATH, y que queremos un futuro para la huerta de la Vega de Valencia, pero que este quizás sea el planteamiento del ingeniero, pero no es el de los ciudadanos de Alboraya.

Desde mi responsabilidades, puedo anunciar ya que las Nuevas Generaciones del Partido Popular de Alboraya presentarán en los próximos días sus alegaciones al PATH, porque pensamos que hay que cambiar la perspectiva desde la cual está redactado, y hay que ver más en el futuro y en los jóvenes agricultores, que en el paisaje.

Víctor Soriano i Piqueras (Valencia (España), 1990). Estudiante de Ingeniería de Caminos, C. y P. en la Universidad Politécnica de Valencia y de Ciencias Políticas y de la Admón. Pública en la Universidad de Valencia. Coordinador del Programa de Gobierno del Partido Popular de Alboraya, miembro de Nuevas Generaciones de Alboraya y Vicepresidente de la Asociación Valenciana de Estudiantes Universitarios (AVEU).