‘Ciudadano Romano’. Estás eran las dos palabras con las que una persona era respetada en todo el mundo conocido. Hoy, lo más parecido a aquellas dos palabras debían ser las doce estrellas en el pasaporte, es decir, ser ‘ciudadano europeo’, dos palabras que deberían suponer en todo el mundo inviolabilidad. Pero no es así.
Hace unos meses, Cuba, detenía a españoles por defender la democracia, y nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores no hacía nada por evitarlo. Hoy se hace público como los servicios aduaneros de Brasil vejan a ciudadanos españoles debidamente acreditados y con toda la documentación en regla, y les expulsan del país, por una supuesta ‘reciprocidad’, nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores sigue sin hacer mucho al respecto, pero tampoco parece preocupar en exceso al Alto Representante de la Unión Europea para Política Exterior y de Seguridad Común.
En un mundo globalizado, donde moverse a lo largo y ancho de nuestro planeta es el pan nuestro de cada día, más aún de nuestros empresarios, es la obligación de las instituciones del Estado el velar por la integridad de los españoles, y de los europeos en general, cuando viajan fuera de los 27. No estoy defendiendo que los europeos puedan circular libremente por todo el mundo pero que no lo puedan hacer el resto de los ciudadanos, ni estoy diciendo que los europeos puedan o deban incumplir las layes extranjeras, lo que estoy diciendo es que el hecho de portar un pasaporte de la Unión, y además, cumplir los requisitos y normas del Estado al que se viaja, deben suponer un trato de absoluto respeto y total inviolabilidad de los derechos de los ciudadanos europeos por parte de las autoridades del estado en cuestión.
Es obligación de Bruselas, pero también de Madrid, asegurar que las palabras ‘Unión Europea’ en la portada del pasaporte, serán, cuanto menos, una garantía de seguridad y respeto, como en su dia lo fueron las palabras ‘Civis Romanus’.