Prada es una famosísima marca lombarda de alta costura y prêt-à-porter (aunque a unos precios inaccesibles para la enorme mayoría), que cuenta con tiendas en lugares tan exclusivos como la Galleria Vittorio Emanuelle de Milán, pero lo que me ha llevado a escribir hoy esta entrada no son sus tiendas en Serrano, Via Montenapoleone, Via Condotti, los Campos Elíseos o la Quinta Avenida, sino una pequeña tienda, bautizada como mini-Prada en mitad del desierto de Tejas, camino de la frontera entre este estado y Méjico, en Marfa, un pueblo de poco más de 2000 habitantes pero con un enorme término municipal (prácticamente todo desierto) de 4,1 km2.

Esta tienda, a pesar de tener hasta iluminación nocturna y escaparates con bolsos y zapatos de la prestigiosa casa italiana, no es tal, sino una obra de dos artistas escandinavos -supongo yo que algo querrian expresar con ella-. El contenido fue cedido por la Fundación Prada que también financió parte de la “escultura”. Como curiosidad, los carteles de “Prada” que hay sobre los toldos son idénticos a los originales de cualquier tienda, salvo que la palabra “Milano” bajo el nombre de la marca ha sido sustituido por “Marfa”.
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