A raiz de las críticas del “Observatorio de Laicidad” me he planteado que ciertamente, durante estas fiestas de Semana Santa, los símbolos del Estado -como la bandera y el himno-, acompañan en muchas ocasiones las manifestaciones religiosas del catolicismo. El Obersvatorio de Laicidad, que se publicita mediante la web ‘laicismo.org’, es una organización que tiene entre sus actividades y campañas recientes la denuncia de la presencia de símbolos religios en los recintos electorales, la eliminación de la “equis” para la Iglesia católica en la declaración del IRPF o la negación de los privilegios como miembro observador de la ONU a la Santa Sede.
Esta organización denuncia ahora que suene la Marcha Real en las procesiones de Semana Santa, o que miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y las Fuerzas Armadas, así como otros funcionarios públicos participen activamente en éstas. El argumento: el Estado, en un sistema laico, representa políticamente a todos los ciudadanos, no solo a los cristianos católicos; y la presencia de estos ’símbolos’ en actos religiosos “atenta” -dicen-, contra la aconfesionalidad del Estado.
El comunicado que mandan desde esta plataforma me ha inspirado para este artículo. Haciendo una breve reflexión, creo llegar a la conclusión de que el ‘Observatorio de Laicidad’ confunde la aconfesionalidad del Estado, la laicidad que nuestro ordenamiento jurídico garantiza, con el ateísmo militante. El Estado Laico -y lo dice un ferviente defensor de la laicidad del Estado- no puede, ni debe ser un Estado contra las religiones, sino un Estado para todas las religiones, y para todas las creencias y realidades personales. Corresponde a un Estado aconfesional garantizar el ejercicio del derecho a la libertad del pensamiento, y a la libertad de optar por unas u otras creencias religiosas -o, claro está, por ninguna-, y garantizar la igualdad entre los que profesen cualquier creencia.
Pero precisamente porque el Estado ‘laico’ es el Estado de todas las religiones, el Estado de los creyentes y de los ateos, y de los que no son ni creyentes ni ateos, es también el Estado de los católicos. Todos los españoles, profesen la religión que profesen, piensen como piensen y actuen como actuen, deben tener el derecho a emplear los símbolos de la nación, que es la comunión de todos los españoles independientemente de sus convicciones personales, y manifestarse como españoles, en todas y cada una de las parcelas de su vida.
Tienen derecho los españoles católicos a hacer sonar la Marcha Real al paso de sus vírgenes y cristos, como lo tienen, lo ejerzan o no lo ejerzan, por ejemplo, los españoles musulmanes a ondear la Bandera nacional de sus mezquitas. La utilización de los símbolos, que incorrectamente se hacen llamar ‘del Estado’, cuando ciertamente son ‘de la Nación’, y por tanto de todos los españoles, por parte de un colectivo en sus actos, ni deslaiciza al Estado, ni ofende a quienes no comparten sus creencias.
Un Estado laico bien entendido es aquel en el que todos y cada uno de sus ciudadanos, creyentes o ateos, cristianos, judios, musulmanes, o de cualquier religión, tienen los mismos derechos y obligaciones, un igual trato por parte de la Administración, y tienen derecho también a manifestar sus creencias, y a manifestarse dualmente españoles y ateos, o españoles y cristianos, judios, musulmanes, etc. No entiendo un Estado laico en el que molesten crucifijos, medias lunas o candelabros, igual que tampoco entiendo un Estado laico en el que se impongan estos símbolos, porque la laicidad es propia de un Estado que deja a sus ciudadanos actuar de acuerdo con su fe y con sus creencias, de un Estado que entiende lo intrínseco de las creencias, y por tanto no las regula ni para obviarlas ni para fomentarlas, sino en todo caso para prestar su apoyo a cualquier ciudadano en el ejercicio de sus libertades.
Mi conclusión es clara, bienintencionadamente, el “Obervatorio de Laicismo” confunde un Estado laico, con un Estado que profesa el ateismo militante, y esto, amigo lector, es un problema hasta para el más militante ateo. Cualquier defensor de sus creencias, sin particularizar en ninguna creencia, tiene que defender también la libertad para profesarlas; libertad que solo garantiza un Estado absolutamente laico, y por lo tanto, un Estado que no regula las manifestaciones religiosas respetuosas con los principios básicos de los Derechos Humanos, de la Constitución y de nuestro ordenamiento jurídico.
Quiénes exigen, poco menos que un Estado ateo, corren el riesgo de que la imposición -como ocurre siempre con todas las imposiciones-, se les vuelva en su contra. También quienes exigen un Estado confesional. Un ateo inteligente debería coincidir con un sacerdote, un rabino o un imán inteligente: la única manera de garantizar la libertad que poseen para creer o para no creer, es que el Estado ni crea, ni deje de creer; ni sea ateo ni religioso; sino simplemente laico.